Festival Mono Núñez: Entra la Doxa, La Episteme y Los Músicos Colombianos

por Administrator en Mircoles, Julio 04 2012

Festival Mono Núñez: Entra la Doxa, La Episteme y Los Músicos Colombianos

 

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El Festival Mono Núñez ha devenido en pieza clave para entender las músicas andinas colombianas en su desarrollo durante todo el siglo XX, de manera particular en las tres últimas décadas y el comienzo del XXI, cuando este espacio propicia un renovado aliento a unas músicas que habían perdido espacios de mercado y performance, decayendo gradualmente desde el propio inicio de la industria fonográfica y el establecimiento de la radiodifusión en el país.

El FMN, actúa como catalizador de un movimiento musical que al presente ya se sostiene por sí mismo, tanto en las mecánicas de mercado global desde lo local como en los ámbitos académicos, redundando además en dar un cariz profesional a los músicos y agentes culturales que  intervienen en los circuitos de práctica instrumental, composición y producción  del género.

Pero más allá de lo estrictamente musical, como propuesta de estructura  organizativa, de forma paulatina el FMN se desarrolla como un foco paradigmático de política cultural nacida desde un organismo no gubernamental, cuando esto era todavía un tema incipiente en Colombia durante los años 80 y aun en los 90 y apenas se comenzaba a hablar de profesionalización en la administración para la gestión de las empresas culturales.

Al ser escasos los nodos de encuentro cultural como este, al nacer en los años 70, el FMN  deviene de capital importancia por el trasfondo de las guerras de diferente catadura que se enquistan como un moto perpetuo, en un país que necesitaba y sigue necesitando espacios para la expresión democrática de su diversidad, dentro de un Estado que no alcanza a gestarse como nación, cuando estos conceptos ya se disuelven en los vericuetos  de las construcciones simbólicas fragmentadas de la posmodernidad y la globalización.

Reflejo de la cadencia histórica de Colombia, el Mono Núñez encarna la partitura de un deicidio cultural: la autodestrucción de un espacio que había tejido positivamente hasta mediados de los 90 las expectativas de muchos sectores culturales, más allá del interés directo de las personas involucradas en la práctica de las músicas andinas, como escenario para celebrar la diversidad y para pensarse las coordenadas vitales de las músicas locales en el país y las políticas de gestión cultural y educativa desde iniciativas locales, privadas y públicas. 

Sobre esta perspectiva se reconoce a FUNMUSICA, como pionera de la puesta en práctica de acciones administrativas y de gestión cultural novedosas para ese momento, al tiempo de  construir una estructura de reflexión continua sobre la músicas andinas y paralelo a esto, una excepcional organización logística para el evento, que fueron copiadas prácticamente al pie de la letra por una notable cantidad de festivales  emergentes, incluyendo las conceptualizaciones sobre categorías y mecánicas de calificación elaboradas desde su interior para el concurso.

FUNMÚSICA, finalizando la década de los 1980,  llegó más allá en sus acciones, con la organización del centro de documentación del Festival y  la apertura de una escuela de música con programas al principio informales, pero que a partir de 1992 se concretaron en lo que es hoy la Escuela de Música de Ginebra, donde se han desarrollado y consolidado propuestas pedagógicas sobre las músicas colombianas con énfasis en las andinas, propuestas que tienen amplio reconocimiento y valoración en el país y que se proyectan con un gran  porcentaje de cobertura en el sistema educativo local;  con el declive paulatino en la última década de su capacidad de gestión, FUNMUSICA cedió el centro de documentación  y el programa de educación musical  a la Fundación Canto por la Vida donde se encuentran ahora.

El FMN se espeja de esta forma como una cruda metáfora de las coordenadas de la historia republicana de Colombia, evidenciada en la lucha por el dominio de los elementos conformantes del género por parte de una franja de clase social media/alta que no se desprende de sus intereses particulares, sosteniendo un sistema de gustos y sesgos ideológicos que de manera torpe, corta de  tajo la posibilidad de provocar un impacto de espectro social y cultural de gran alcance, en unos territorios donde la muerte, el secuestro, el desplazamiento y en general el horror de la guerra y la desigualdad, urgen la construcción continua de hilos de sentido que aten los grupos humanos y los individuos a la vida en todas sus acepciones.

De manera paradójica, pese a lo anterior, el país se aposenta los últimos años en Ginebra durante el Festival, con sus realidades marginadas y marginales, y con sus mercados y mercaderías [globales] propias, apropiadas y/o re-significadas y/o intervenidas; se arma la fiesta y el carnaval sonoro de la diferencia, con los olores humeantes de sus opulencias culinarias bordeando las calles, discotecas de ocasión y hasta fiestas electrónicas, salsa, reggaetón, música mexicana y género popular. Se echa con esto al piso, todos los argumentos jerarquizantes de nacionalismo y moralización cultural que plantea el concepto patrimonialista del Festival desde la doxa, quedando expuestas sin pundonor alguno las fracturas sociales que se tratan de [en]cubrir inútilmente, con la escayola de los discursos pomposos del país imaginado, sin  barbarie y, sin la visión cercana de la ‘vulgaridad’, la miseria y la violencia consuetudinaria.

Aunque continúa allí, con la inercia de sus discursos, su comercialización, su trasfondo patrimonial y su ‘faticidad’, la fuerza entrópica de este evento gravita en espacios de performance que han ido  conformando los últimos años un Festival alternativo, en términos anglófonos, un ‘Off Festival’. Aquí las expresiones del género se liberan de las ataduras conceptuales oficiales, apreciándose el desarrollo de las corrientes contemporáneas de las músicas andinas, al lado de instancias de mercado que cuentan con espacios de exhibición y venta de producciones fonográficas y editoriales, y escenarios informales de intercambio y de conciertos que posibilitan el encuentro de instrumentistas, compositores y productores.

Se cierra el círculo, reconociendo que como sea este espacio del Festival Mono Núñez y todos los espacios similares, son necesarios para las músicas que se estrenan cada día que pasa en el espíritu de las nuevas generaciones que, han apostado por mirar lo global desde los solares locales, y que pueden cargarlos y enriquecerlos con retoñadas fuerzas cantantes y sonantes: es a las huellas de la memoria sonora que pueblan de signos vitales sus miradas luminosas que se escribe este trabajo.